Julio San Millán: "Este es el momento de recuperar el verdadero sentido de la política"
El salón del Partido Justicialista, durante años símbolo de una militancia inagotable, respiró anoche otra vez aquella densidad de otras épocas. Funcionarios, dirigentes y una militancia mayoritariamente canosa colmaron las sillas, mientras la juventud peronista, más ruidosa que numerosa, se apiñaba en un costado, como queriendo recordar que también existe. Todos miraban el mismo lugar: el estrado donde Julio Argentino San Millán, abogado de larga carrera política, esperaba su turno para poner fin al paréntesis.
El acto no tuvo el vértigo de los grandes lanzamientos ni la pirotecnia de las campañas. Fue un trámite, sí, pero de esos que en la política argentina suelen pesar más que cualquier discurso. San Millán recibió la conducción del PJ salteño y, con ella, el encargo silencioso de recomponer una estructura que parecía desangrarse entre la indiferencia de la ciudadanía y a razón de una pasmosa inactividad partidaria.
Luego del trámite de rigor de la entrega simbólica del partido, el nuevo presidente tomó la palabra para agradecer el acompañamiento, y enseguida trazó un diagnóstico que en otro contexto podría sonar a confesión: la política, dijo, atraviesa un descreimiento profundo, y los dirigentes comparten la responsabilidad. La frase cayó en el auditorio como un guante que nadie recogió. San Millán habló de servicio, de trabajo colectivo y de gestión, pero también de algo que en el justicialismo suena casi a herejía: dejar atrás los proyectos individuales.
"La función que hoy asumimos expresa un compromiso profundo con nuestra historia, con nuestros militantes, con cada salteño y con nuestra patria, y reafirma la razón de ser de nuestro movimiento: constituir una herramienta para alcanzar una sociedad más justa", dijo el nuevo conductor.
Luego recordó a al General Perón para hablar del trasvasamiento generacional, aclarando que no se trata de reemplazar veteranos por jóvenes, sino de encontrar un punto de encuentro entre la experiencia que pesa y la innovación que irrumpe. En un partido donde las grietas suelen ser más visibles que los puentes, la apuesta sonó a vieja política, a necesidad imperiosa.
San Millán prometió un PJ de puertas abiertas, un espacio donde el debate no sea un acto de guerra sino de construcción. Y aunque la retórica de la unidad es moneda corriente en estos actos, hubo en su discurso una insistencia inusual en “la institucionalidad, en la formación y en la participación real”. Quizás porque sabe, como todos en esa sala, que el peronismo salteño necesita más que palabras para volver a ser lo que fue.
Las grietas
San Millán también se dirigió a los sectores del trabajo, a la producción, a los educadores y a los artistas. Pero sobre todo a las mujeres y a los jóvenes, a quienes no trató como promesas por venir sino como actores del presente. "No son solamente el futuro: son parte activa del presente, tienen voz, capacidad de decisión y el compromiso necesario para transformar una realidad que no les es
ajena", remarcó San Millán.
El cierre llegó con la fórmula clásica del peronismo en su registro más lírico: la injusticia como motor, el trabajador como razón, la comunidad como destino. San Millán habló de esperanza, pero sin la solemnidad de los actos públicos, sino más bien en el tono de quien sabe que el oficio de gobernar se gana en el día a día, en la gestión que no figura en los discursos.
El final
Pero faltaba el último acto. Cuando San Millán bajó del estrado y comenzaron los saludos a las nuevas autoridades, alguien —no se supo bien quién— rompió el murmullo con los primeros acordes. La Marchita Peronista, esa melodía que ha acompañado al movimiento durante décadas, se fue armando de a poco: primero una voz, después varias, hasta que el salón entero se puso de pie y la entonó con esa mezcla de emoción y memoria que solo despiertan los himnos de pertenencia. Los más veteranos cerraron los ojos. Los jóvenes, los del fondo, la cantaron fuerte, como queriendo demostrar que también saben la letra.
Afuera, la noche fría era igual que siempre en los inviernos. Adentro, en una temperatura más amigable, el PJ volvía a la normalidad. O al menos a lo que sus dirigentes llaman normalidad: un partido en pie, con un conductor, con la maquinaria encendida, y con la certeza de que, en política, el regreso siempre es también un principio.