INTERNACIONALES El Expreso de Salta 28 de julio de 2026

Los insultos de Milei a Lula llevan a Argentina y Brasil al peor choque diplomático en años

Los ataques del presidente ultra al izquierdista, que han motivado la llamada a consultas del embajador brasileño, conviven con una fuerte relación económica entre ambos países.

Los insultos del presidente argentino Javier Milei a su homólogo brasileño Luiz Inácio Lula da Silva abrieron la mayor crisis diplomática de los últimos tiempos entre los dos países, un nuevo tropiezo que es una constante de los últimos años. No obstante, a pesar de la pésima o nula relación personal entre los dos, las principales economías de América del Sur han aprendido a convivir con esas diferencias. No hay sintonía en los palacios, pero la rueda sigue girando.

El sábado, Milei viajó hasta São Paulo, se saltó todos los protocolos y no sólo no se reunió con su homólogo, sino que le llamó “corrupto” o “presidiario” desde el escenario al que subió para apadrinar la candidatura a la presidencia de Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro. Brasil respondió llamando a consultas a su embajador en Argentina, Julio Bitelli. El canciller, Mauro Vieira, criticó como “sumamente grave e inaceptable” la actitud de Milei, pero Lula se mantuvo al margen.

El único que se salió del guion establecido por la siempre prudente diplomacia brasileña fue el ministro de Economía, Dario Durigan, que llamó “payaso” a Milei en una entrevista, y rebatió sus argumentos catastrofistas sobre las políticas de izquierda, recordando que Brasil tiene mejores indicadores económicos. Dentro del Gobierno no gustó la salida de tono del joven ministro. La directriz es pasar página lo antes posible y no echar más leña al fuego.

La mala relación comenzó incluso antes de que el ultra llegara a la Casa Rosada. Durante la campaña presidencial argentina de 2023, el mandatario brasileño advirtió, en el marco de una visita a Estados Unidos, que en Argentina “peligraba la democracia”. Aunque no mencionó a Milei, el entonces candidato interpretó esas declaraciones como una referencia directa a su figura, en un momento en el que disputaba el liderazgo de las encuestas. La tensión aumentó cuando asesores que habían trabajado en la exitosa campaña de Lula se incorporaron al equipo electoral de Sergio Massa, su contrincante, para el balotaje. Milei leyó esa participación como una intervención política del presidente brasileño en la elección argentina, reforzando la idea de que Brasil se alineaba abiertamente con su rival y que el propio Lula consolidaba su larga historia de afinidad política con el kirchnerismo.

En la toma de posesión del mandatario argentino, en diciembre de 2024, la guerra ya estaba desatada. Bolsonaro, ya expresidente, fue invitado a la Casa Rosada con todos los honores. Lula, agraviado, se quedó en el Palacio de Planalto. Meses después el argentino haría su primer viaje a Brasil, y lejos de reunirse con Lula participó en una convención de la extrema derecha en que volvió a insultarle. La diplomacia brasileña entendió que no habría más que convivir con eso de la mejor forma posible. Lula y Milei sólo han coincidido en foros internacionales como el G20 o el Mercosur, y siempre con un rápido e incómodo apretón de manos, lo imprescindible para la foto. Milei incluso ha faltado a encuentros de la región para evitar el encuentro.

Las diferencias, a nivel ideológico y económico, están por todas partes y donde más se sienten es en el Mercosur. Los dos países son los pilares del grupo y cada uno mira en una dirección: para Lula, tiene que fortalecerse porque es la única manera de que Sudamérica tenga una voz en el mundo. Para Milei, es una pesada losa que le impide negociar libremente. Aun así, y aunque esas diferencias han ralentizado al grupo, no han impedido que se firmara el acuerdo de libre comercio con la Unión Europea, un hito después de dos décadas de negociaciones.

El intercambio comercial tampoco parece haberse resentido: el año pasado el comercio bilateral alcanzó los 31.200 millones de dólares, el valor más alto en 13 años. Brasil es el principal destino de las exportaciones argentinas, y Argentina compra buena parte de los productos industriales de Brasil. El año pasado, las exportaciones brasileñas al país vecino crecieron por encima del 30%, sobre todo gracias a la industria del automóvil. El divorcio aquí es impensable: un coche fabricado en la periferia de São Paulo puede tener un motor procedente de Córdoba. La interdependencia es total.

Los mecanismos de Estado también han seguido funcionando, a pesar de las dificultades a nivel político. Las dos cancillerías mantienen el diálogo, y continúa la cooperación aduanera o la lucha conjunta contra el crimen organizado. Milei ha tenido algún gesto aislado con los bolsonaristas condenados por intento de golpe de Estado que habían huido a Argentina, pero al mismo tiempo el país no rompió la cooperación judicial con Brasil. Cuando Brasilia pidió la lista de fugitivos, se entregó sin problemas.

Brasil también tuvo un gesto con Argentina cuando hace dos años asumió la gestión de su embajada en Caracas, después de que Nicolás Maduro decretara la expulsión de los diplomáticos argentinos. Milei lo agradeció públicamente en un tuit, aunque esos momentos de tregua suelen durar poco. En enero de 2026, el gobierno de Lula comunicó a la Argentina que dejaba de ejercer esa representación y la custodia de la sede diplomática. Oficialmente, Brasil lo atribuyó a una reorganización técnica de su misión en Caracas, aunque la decisión coincidió con un nuevo deterioro de la relación entre Lula y Milei. Días antes, Milei había celebrado con un video en X la caída de Nicolás Maduro y cerrado con una imagen de Lula abrazando a Maduro, en un intento de asociar al presidente brasileño con el régimen venezolano.

Para el libertario, los ataques personales a Lula —“comunista”, “corrupto”, “ladrón”, “presidiario”— sirven para electrizar a sus seguidores, tanto en Argentina como en Brasil. Lula, en cambio, prefiere ignorarlo, y en las pocas ocasiones en que se ha referido a él lo ha hecho de forma indirecta y poniéndose a un lado, diciendo que ante todo debe unas disculpas a Brasil. Cuando quiere antagonizar con un líder extranjero, prefiere hacerlo con Trump.

Más allá de las malas relaciones personales entre los dos, a pie de calle, sobre todo en las últimas semanas, la visión que los brasileños tienen hacia sus “hermanos”, como les suelen llamar cariñosamente, también ha empeorado sensiblemente. La histórica rivalidad futbolística se ha intensificado al calor del Mundial y ha enrarecido el ambiente, pero también han contribuido diversos casos de racismo, que Brasil se toma cada vez más en serio. Las agresiones con más repercusión mediática han estado protagonizadas por turistas argentinos.

Una de estas turistas, Agostina Páez, insultó a unos camareros negros de un bar de Río de Janeiro llamándoles “monos” e imitando los gestos del animal. Después de pasar dos meses en prisión preventiva y vigilada con una tobillera electrónica, volvió a Argentina prácticamente convertida en una heroína por la extrema derecha, que la elevó a símbolo de la “dictadura woke”. La exministra de Seguridad de Milei, Patricia Bullrich, acudió a abrazarla y expresarle su apoyo. El Gobierno de Brasil permaneció en silencio y no quiso politizar el caso.

Después de casi tres años de desencuentros, la relación entre Lula y Milei parece haber encontrado un extraño equilibrio: cada nueva crisis parece más grave que la anterior, pero ninguna termina de romper un vínculo que descansa sobre un lazo histórico e intereses económicos, industriales y estratégicos demasiado profundos. La relación bilateral probablemente seguirá marcada por la hostilidad personal, pero la agenda común obliga a ambos gobiernos a mantener abiertos al menos algunos canales.

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