¡Visita sorpresa!: La noche que el silencio del Muñeco se hizo eco en Salta
La gorra y la ropa discreta no le alcanzaron a Marcelo Gallardo. Su figura es demasiado grande para camuflarse entre la gente, aunque haya intentado pasar desapercibido en un palco del estadio Padre Ernesto Martearena, acompañado de su esposa. El ex entrenador de River Plate, sumido en un silencio absoluto desde su salida de Núñez en medio de una tormenta de resultados, rompió su reclusión voluntaria en la noche del viernes.
Vino a cumplir el rol más humano de todos: ser padre. Acompañó a su hijo Nahuel, lateral de San Martín de Tucumán, en el día de su cumpleaños. Sin embargo, la Copa Argentina le tenía preparada una lección de esas que duelen en el alma: ver cómo su hijo erraba el penal decisivo que dejaba a su equipo afuera.
La visita que detuvo el reloj
Mientras el Taladro de Banfield y el Santo libraban una batalla por el pase a octavos, las miradas se desviaban hacia la tribuna. A los 11 minutos del primer tiempo, la transmisión oficial enfocó al Muñeco. Vestido de negro, con una gorra calada, el técnico más ganador de la historia riverplatense observaba con la intensidad que lo caracteriza, pero desde la otra vereda.
Sentado junto a su esposa, Geraldine La Rosa, y su hijo Benjamín, Gallardo siguió el partido de pie en varios pasajes, hablando con su gente y devolviendo algunos saludos de los hinchas que, al reconocerlo, aprovecharon para robarse una selfie con el ídolo. Hasta allí fue la titular de la Agencia de Deportes de la provincia, Claudia Vázquez, para darle la bienvenida que luego reflejó en las redes sociales.
Era la primera vez en muchos meses que el fútbol argentino lo veía en una cancha local, después de aquella visita a España para ver la Liga y de su alejamiento posterior a la salida de River. El silencio que eligió tras la crisis en el Millonario se quebró con esta postal filial en el norte argentino.
El drama en los 12 pasos
El partido llegó igualado 1-1 al final de los 90 minutos. San Martín había merecido más, pero el fútbol es a veces un deporte cruel. En la tanda de penales, todo era tensión. Cuando la serie llegó al quinto y último tiro para el Santo, el destino puso la pelota bajo la suela de Nahuel Gallardo.
Sanguinetti, arquero de Banfield, se lanzó sobre su palo izquierdo y adivinó la intención. El remate, a media altura y sin demasiada fuerza, fue contenido. Mientras los jugadores del Taladro corrían a festejar en el césped del Martearena, Nahuel se quedó petrificado, con las manos en la cintura y la mirada clavada en el piso.
Arriba, en el palco, el Muñeco no reaccionó. Con gesto adusto, sin moverse, tragó saliva. En sus años de gloria, Gallardo festejó títulos y eliminó gigantes. Esta vez, sólo le quedó bajar rápido las escaleras.
El escape en camioneta
Mientras los flashes buscaban la reacción del ex DT, Gallardo optó por el perfil bajo que lo caracteriza en este período sabático. Bajó raudamente hacia los vestuarios, se sacó algunas fotos rápidas con los fanáticos que lo esperaban, pero esquivó a los micrófonos.
Sin hacer declaraciones, subió a una camioneta blanca en el playón de estacionamiento y desapareció en la noche salteña. El ruido mediático que había generado su llegada contrastó con la forma en que se fue: en absoluto silencio.
Así termina la primera aparición pública de Gallardo en el fútbol argentino post-River. No fue para anunciar su regreso a un banco de suplentes, como algunos especulan con Inter Miami o Vasco da Gama. Vino a Salta para demostrar que, incluso para el más grande, la vida a veces se mira desde el palco, sufriendo con un penal errado por un hijo.