INTERNACIONALES14 de marzo de 2026

Murió a los 96 años, el filósofo alemán Jürgen Habermas

El filósofo alemán falleció ayer a los 96 años en Starnberg. Su pensamiento, centrado en la fuerza del diálogo racional, fue un "faro en medio del mar agitado" de la posguerra y la globalización. Con él se va el último gran clásico de la Teoría Crítica.

"Su agudeza analítica marcó el discurso democrático en Alemania y Europa y actuó como un faro en medio de un mar agitado. Su intensidad intelectual y su liberalidad nos van a hacer falta".

Con estas palabras, el canciller federal de la República Federal de Alemania, Friedrich Merz, informó sobre la muerte del filósofo Jürgen Habermas.

La noticia llegó desde la editorial Suhrkamp y se extendió como un temblor sordo por toda Europa. Jürgen Habermas, el filósofo que dedicó su vida a demostrar que la sociedad puede sostenerse sobre la fuerza del mejor argumento, murió ayer en su casa de Starnberg, a orillas del lago bávaro que durante décadas fue su mirador intelectual. Tenía 96 años .

Horas después de conocerse el fallecimiento, circulaba en los círculos académicos alemanes una semblanza que lo definía con precisión casi poética: "Jürgen Habermas war einer der bedeutendsten Denker unserer Zeit. Seine analytische Schärfe prägte den demokratischen Diskurs in Deutschland und Europa und wirkte wie ein Leuchtfeuer in tosender See. Seine intellektuelle Eindringlichkeit und seine Liberalität werden uns fehlen" .

Esa imagen del faro (Leuchtfeuer) es la que mejor lo retrata. No porque iluminara caminos fáciles —nunca lo hizo—, sino porque su luz permitía orientarse en la tormenta. En la tormenta del nazismo que descubrió con horror en su adolescencia. En la tormenta de la Guerra Fría. En la tormenta de la reunificación alemana. En la tormenta del populismo digital. Siempre ahí, firme, emitiendo señales de racionalidad.

El Niño que Aprendió a Escuchar

Nació en Düsseldorf en 1929, en el seno de una familia burguesa y nacionalsocialista. Su padre, Ernst, dirigía la cámara de comercio local y había sido miembro del partido nazi . Pero el momento decisivo llegó en 1945, cuando tenía 15 años. Los juicios de Núremberg, escuchados en la radio adolescente, operaron en él una conmoción profunda: "De pronto veías que era un sistema políticamente criminal en el que habías vivido" .

A esa experiencia se sumaba una condición física que lo marcó para siempre: nació con el paladar hendido, lo que le obligó a dos cirugías en la infancia y a una relación compleja con la palabra hablada. "Nací con el paladar hendido y de niño tuve que aprender a vivir con ello", confesaría décadas después . Esa dificultad para hacerse entender lo hizo consciente de la "profunda dependencia de la comunicación". Quien sabe que el entendimiento no es automático, sino un logro frágil, valora cada palabra como lo que es: un puente tendido sobre el abismo de la incomunicación.

El Hereje y los Maestros

En 1956, Adorno lo llamó a Frankfurt. Pero pronto surgieron las desavenencias con Horkheimer, que veía en el joven discípulo a un rebelde con poca ortodoxia. Los maestros de la Escuela de Frankfurt habían caído en un pesimismo radical: la razón moderna, pensaban, conducía inexorablemente a Auschwitz. Habermas, en cambio, se negó a rendirse.

Su Historia y crítica de la opinión pública (1962) fue el primer aldabonazo. Allí rastreaba cómo la burguesía había creado en los cafés y salones del siglo XVIII un espacio de debate racional, y cómo ese espacio había sido posteriormente colonizado por los medios y el consumo . La idea de una "esfera pública" donde los ciudadanos discuten en condiciones de igualdad se convirtió desde entonces en el eje de su pensamiento.

El Polemista Generoso

Con los estudiantes del 68 mantuvo una relación compleja. Apoyó sus ansias de cambio, pero cuando algunos radicalizaron el discurso y coquetearon con la violencia, no dudó en denunciar lo que llamó "fascismo de izquierda" . Una expresión que luego matizaría, pero que le costó la ruptura con parte de la izquierda. Era un hombre incómodo, que no se plegaba a ninguna ortodoxia.

Discutió con todos y sobre todo: con los historiadores revisionistas en la Historikerstreit de los años 80, defendiendo la singularidad del Holocausto frente a quienes pretendían relativizarlo ; con Peter Sloterdijk sobre los límites de la manipulación genética; con el papa Benedicto XVI sobre las relaciones entre fe y razón; con Jörg Haider y el populismo austriaco.

Pero lo hizo siempre con lo que la semblanza alemana llama Liberalität: una palabra que no significa exactamente "liberalismo" en el sentido político, sino una disposición del ánimo, una generosidad intelectual que lo llevaba a considerar los argumentos ajenos con seriedad, incluso cuando discrepaba radicalmente. Esa Liberalität —esa apertura de espíritu— es quizá lo que más echaremos de menos en la era de la crispación permanente.

La gran obra

En 1981, después de diez años de trabajo junto al lago Starnberg, publicó su obra magna: la Teoría de la acción comunicativa. Dos volúmenes densos, casi impenetrables para el no iniciado, que sostienen una idea revolucionaria en su sencillez: los seres humanos, cuando hablan para entenderse y no para manipular, activan una forma de racionalidad distinta a la del mercado o la burocracia . Una racionalidad que escucha, que propone, y que funda su legitimidad en la fuerza del mejor argumento.

De ahí derivó su ética del discurso y su teoría de la democracia deliberativa: una ley solo es legítima si todos los afectados por ella han podido participar en su creación mediante un diálogo racional . Era un ideal exigente, casi imposible, pero necesario.

Habermas intervino hasta el final. Criticó el enfoque "tecnocrático" de Angela Merkel, que "adormecía" a la opinión pública. Elogió a Emmanuel Macron cuando hablaba de refundar Europa. Y ya nonagenario, siguió publicando ensayos sobre la guerra de Ucrania o el auge de los populismos .

Pero su muerte llega en un momento paradójico. Justo cuando más falta hace un faro, las aguas están más agitadas que nunca. El espacio público que él imaginó ha sido reemplazado por plataformas digitales donde el debate no se distorsiona desde fuera sino que se diseña desde dentro . El algoritmo premia la confrontación, no el entendimiento. El tuit, breve y furioso, ha sustituido al argumento pausado. La posverdad, al hecho contrastado.

El Silencio en Starnberg

Quienes lo conocieron describen a un hombre meticuloso, de trato no siempre fácil, pero profundamente leal a sus amigos y discípulos. Su esposa, Ute Wesselhoeft, con quien se casó en 1955, fue su compañera constante, el sostén doméstico que le permitió esa prodigiosa producción intelectual . Ahora, en la casa de Starnberg, el silencio debe de pesar como una losa.

Pero su obra sigue hablando. Traducida a más de cuarenta idiomas, estudiada en todas las facultades de filosofía y ciencias políticas del mundo, la voz de Habermas permanece. Porque nos enseñó algo más importante que cualquier teoría: nos enseñó que discutir es más importante que comer, que la democracia solo se sostiene si los ciudadanos pueden deliberar en condiciones de igualdad, y que la razón no es una imposición autoritaria, sino la única herramienta que tenemos para entendernos sin matarnos.

"Seine intellektuelle Eindringlichkeit und seine Liberalität werden uns fehlen": su intensidad intelectual y su liberalidad nos van a hacer falta. Sí. Pero mientras haya alguien dispuesto a argumentar en lugar de gritar, a escuchar en lugar de imponer, a dialogar en lugar de destruir, Habermas seguirá vivo.

El faro se apaga, pero la luz que emitió durante casi un siglo sigue iluminando el horizonte. En medio del mar agitado, esa luz es más necesaria que nunca.


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