“La música debe crear conciencia, no sólo entretener”

SALTA 09 de diciembre de 2017
Es una de las pocas mujeres acordeonistas del país, se identifica con la música y la cosmovisión andina. “Tomar este instrumento también sirve para empoderar a las mujeres, plantarse en un escenario y decir, acá estamos”, dice la artista que fue preseleccionada y se prepara para Cosquín.
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No hace la más fácil, toca de pié. En un recital se mueve al ritmo de su instrumento de diez kilos de peso por casi dos horas, y además canta. Su repertorio son los ritmos de esta tierra, de compromisos y alegrías, pero diríase más, Verónica Méndez lleva consigo un instrumento de lucha.

Semanas atrás fue seleccionada en el Pre Cosquin realizado en Campo Quijano: “Toqué la Zamba de Lozano y otros, de seis temas que se proponen y el jurado elige, ahora estoy esperando el regional donde irán todos los ganadores de provincias, son dos competencias más que me quedan,  tengo que mejorar aún más, y bueno, tratar de ganar para mi provincia”, dice mostrándose satisfecha por el que considera éste como un año intenso: fue al Nacional de Acordeonistas en Santa Fe, y al Tercer Encuentro Internacional de Acordeonistas en Río de Janeiro, donde “de cuarenta participantes sólo tres éramos mujeres, todavía sigue siendo un instrumento extraño en nosotras”, detalla a El Expreso.

Su relación con el acordeón la sitúa a los cinco años de edad cuando lo vio por primera vez en una iglesia evangélica a la que asistía con su familia, “y fue un amor a primera vista, desde entonces sólo quería aprender a tocarlo”.  Pero como era un instrumento muy caro y sus padres no podían comprárselo, optó por estudiar percusión y de manera autodidacta el teclado. Ingresó a la Escuela de Música, donde conoció de teoría con el Profesor Luis Guantay, hasta que a los trece años, “¡Me compraron un acordeón!”, recuerda exultante. “Era chiquito, rojito, todavía lo tengo”, menciona emocionada.  Pero, su madre se lo entregaba bajo la condición de que sería solo utilizado para tocar en la iglesia, “¡obvio que le dije que sí!”, y así comenzó a aprender, escuchando, y mirando a los músicos del templo. De modo tal, que por esas cuestiones religiosas tampoco podía hacer, ni escuchar otro tipo de música. “Para mí eso era un problema porque me gustaba el rock, me escapaba para escucharlo o lo hacía a escondidas, sabiendo que me descubrían o encontraban discos prestados, me darían una paliza”. Recuerda que a los veintitrés años comenzó a cuestionarse todo, dejó de asistir a la iglesia, e inclusive guardó el acordeón “para siempre”.

Pasó el tiempo, y dice que por cosas del destino fue a un espectáculo de Tonolec, donde tocaba Mariana Baraj, como invitada. “Jamás la había escuchado, esa noche quedé impactada por la manera que tocaba la percusión y al mismo tiempo cantaba, ¡era increíble!”, exclama Méndez. Finalmente cuenta que pudo contactarse con la ex Catupecu Machu, quien ya estaba residiendo en Cerrillos, para asistir al taller que dictaba en su domicilio particular, “con alegría y cierto temor a que me dijera que me dedicara a otra cosa”.

-¿Ahí reapareció el acordeón?

-No de inmediato, cuando Baraj abre un nuevo taller de guitarra recién como en la cuarta clase le mencioné que tocaba el acordeón y me dice, “Tráelo, quiero escucharte”. Lo llevé, pero le aclaré que sólo sabía tocar canciones cristianas. Cuando se la hice escuchar, me dijo que estaba fascinada porque tocaba los bajos y la melodía al piano. “¿Podés cantar?”, preguntó, y de nuevo le dije, “pero música de la iglesia”.  Cuando concluí, me dice, “¿Y, qué hacés tocando guitarra?, ¡el acordeón es tu instrumento, eso es lo que sos. Ahí está tu esencia!

-¿Cuándo vino el debut en un escenario?

-Cuando fui a hacer la apertura de “Trenzadas”, el espectáculo que reunió a Mariana Baraj, Charo Bogarín, y Barbarita Palacios. Era mi primera vez arriba de un escenario, ahí sí sentí que había desempolvado definitivamente al acordeón, cumplía el sueño de poder ser alguien transmitiendo y moviendo el corazón de otra persona con la música, porque ya antes en la iglesia me escuchaban pero lo que tocaba era parte de la ceremonia. Fue la hora de la verdad, no sabía si iba a tocar o salir corriendo, estaba nerviosa y la sala llena. Soy muy vergonzosa, me cuesta subir al escenario, todavía no sé cómo actuar cuando vienen a saludarme. Creo que debo haber movido una energía hermosa, la persona que va a escuchar lleva el corazón abierto y en esa participación en “Trenzadas” decidí definitivamente que esto sería parte importante de mi vida.

-¿Por qué eligió hacer música andina?

-Asistiendo al taller de Mariana Baraj, le comenté que me gustaba la música andina, me pidió que preparara una en bandoneón para la próxima clase. Cuando le toqué y canté Doña Ubenza, “Bueno, me dijo, está, ya sabes por dónde  tenés que ir”. Y empecé a investigar de dónde venía todo, primero, quería saber quién era Doña Ubenza, a cada canción que elegía sentía la necesidad de conocer significados, biografías; descubrí grandes referentes como el Cuchi Leguizamón, y Víctor Jara, Violeta Parra, se convirtieron en mis pilares en cuanto a música latinoamericana de raíz folclórica. Ahí descubrí otra historia, lo que son nuestros pueblos, a los originarios no reconocidos en su propia tierra, de los que nosotros hablábamos como si fuesen totalmente distintos. Entendí que todos llevamos sangre indígena aunque hayan descendencias europeas, pero existimos aquí, y desde ahí hay que plantear la vida. Hay que generar conciencia de eso en la sociedad, porque está bueno que los jóvenes escuchen los Rolling Stones pero, que sepan cuál es su identidad. Cuando estuve lejos, escuchaba un carnavalito y me transportaba a mi tierra… mis cerros… mi sol… los cardones se hicieron presentes… estaba la Pachamama. La cosmovisión andina que fui encontrando, me dio otra explicación del mundo, y donde vale la comunidad.

-¿Eso fue Pachakutec?

-Claro, “Pachakutec” fue una unión de amigos para reunir fondos para que pudiera viajar a Brasil, en el que pude reunir músicos formados en otros géneros pero donde todos compartíamos un mismo sentimiento en el escenario. Trabajar en comunidad es algo que socialmente ya no existe, pero en la cosmovisión andina se trabaja para todos y así se pretende salir adelante. Ya no se busca el aplauso propio sino el de todos los artistas que comparten el escenario, fue un sueño poder fusionarnos dentro de un tema como, por ejemplo, “Ojos azules” donde cada uno aporta desde el rock, el jazz, el blues, la música lírica, y la andina. Unirnos es parte de nuestra cultura, pero es algo que nunca nos enseñan en la escuela, ni mucho menos en la casa, porque cada vez más nos invade el capitalismo, pero con la música podemos dar otro mensaje, demostrar que hay otro camino.

-¿La motivan los fines solidarios?

-Sí, porque me parece que no compartir un don, es egoísmo. Si puedo pulir y mejorar cada día, quiero compartir esa magia increíble. La música te saca de lugares muy oscuros, sé porque los viví, y mi único consuelo era sentarme a tocar el acordeón; al dolor que llevamos todos hay que crearle otro universo. Soy voluntaria de la Fundación Hope, porque cuando les llevo música a los chicos y logro sacarles una sonrisa, ya está. Terminamos bailando todos unos carnavalitos, haciendo rondas, soy feliz con mi nariz de payaso, veo los chicos contentos y se me caen las lágrimas.

-¿Es también un logro de género?

-Sí, siento que es romper muchas estructuras ya que está considerado como “masculino”, por su tamaño, el peso, que muy tosco, genera problemas porque no lo aceptan tan fácilmente dentro de todo el folclore y porque las mujeres, en general, son bastante desvalorizadas, basta con ver las carteleras de los festivales, casi nunca hay una mujer. Es también empoderar a las mujeres, plantarse en un escenario y decir, ¡acá estamos!

-¿Por qué aborda temáticas comprometidas?

-Porque la música no solo debe entretener, se puede generar conciencia, aunque sea por unos segundos dejar pensando al otro. Por ejemplo, una canción de Víctor Heredia que la hizo conocida Abel Pintos, “Bailando con tu sombra”, habla de un femicidio. Surgió de cuando Víctor Heredia iba a tocar en las cárceles y un guardacárcel le contó que había un tipo que cantaba y bailaba solo, hablaba de su esposa Alelí a quien amaba pero la mató.  Víctor Jara cantó “Deja la vida volar”, pero es importante saber cómo murió, que los militares en Chile le destrozaron las manos a culatazos, porque la guitarra era su instrumento, antes de acribillarlo a balazos. Todo eso está bueno aprender, si toco una canción les cuento un poquito de esas historias.

-¿Es un instrumento con pocos referentes en el país?

-Reconozco a Fortunato Ramos dentro de la música andina, Chango Spasiuk, Tarragó Ros y Astor Piazzola; y en cuanto a mujer, a Julieta Venegas, pero que sólo usa el teclado. Hay europeos en otros géneros que son fantásticos, y también admiro a la banda Bajofondo, de Gustavo Santaolalla, quien también hizo maravillas con el ronroco que es mi otro instrumento favorito que también toco, y descubrí que no se logra lo mismo con un charango soprano, tiene un sonido muy especial.

-¿Y te animarías a tocar con Dino Saluzzi?

-Uh, escuché muchas cosas que hizo, es uno de los genios. Son personas con un nivel muy grande, pero son los más increíbles porque comparten, son simples, uno tiene que mucho que aprender de ellos. Por supuesto, que me encantaría conocerlo… y si pudiera, me dejara… en mi cabeza no entra que algún día pudiera estar tocando un tema al lado de un maestro como él.

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