Personaje: Rodríguez Saá, el gen del poder

NACIONALES 06 de febrero de 2021 Por Caros Alberto Torino (*)
Alberto Rodríguez Saá quiere presidir al partido peronista y para ello puso a su lado a un alma fuerte del kirchnerismo. Milagro Sala, ni más ni menos, acompañará en esta epopeya al actual gobernador puntano.
Alberto Rodríguez-Saa y Milagro-Sala
No obstante, desde el propio partido le dicen que está “flojo de papeles” por sus avales. Aún queda tiempo para la tercera semana de marzo cuando las tiendas justicialistas consideran un gran acto de consagración indiscutida del presidente Alberto Fernández. Mientras tanto no se despeje esta osadía, la tensión partidaria liderará este tiempo pandémico. No obstante el dato insoslayable, no menos apasionante es la historia en la que emerge uno de los tantos gobernadores que dio la dinastía Rodríguez Saá y, tal vez, sea parte constitutiva de su ser que considera natural encabezar el poder político.
Respetando el mote de ajedrecista que le endilgan sus adversarios que ven más allá de la superficie, un buen día de 2017 dijo como sentencia que “El PJ debe estar unido” Lo expresó en un raid porteño donde visitó el Instituto Patria, asiento del kirchnerismo paladar negro y la sede del Consejo Nacional Justicialista, lugar de comando del más poderoso aparato partidario de Argentina. Se sacó la foto con Oscar Parrilli y José Luis Gioja justo en el momento de más éxito de la fórmula con que la Ola Amarilla se empoderaba en Balcarce 50 y formaba el sentido común en tres ejes: echar la culpa de todos los males al peronismo desde su nacimiento, estigmatizar al kirchnerismo y enarbolar el discurso del diálogo sin reconocer siquiera a la letra k del abecedario político.
En esos momentos fue como una voz en el desierto pero de a poco se fueron prendiendo sus compañeros gobernadores y en dos años ya habían convencido a todes les peronistas que era posible reconvertirse y ganar, fundamentalmente.  Desde el militante más raso hasta el más conspicuo de los dirigentes con poder territorial se creían en condiciones de recuperar la Casa Rosada y después Cristina hizo lo que nadie pensaba y pasó lo que pasó: volvió ese PJ y más unido e inclusivo que nunca. Regresó con otro Alberto al frente del gobierno y se sabe que en el partido de Perón el que preside se lleva todos los cargos, sobretodo, y sin discusión, el de mandamás de la chapa que permite llegar a la cúspide.
Esa conducción es natural pero hete aquí el problema: El Alberto de San Luis también se cree con naturalidad de presidir ese sello de goma. A lo suyo lo lleva en los genes y se sabe: ante la genética lo políticamente correcto se desvanece. La explicación a tal afrenta en la que se empeña el gobernador puntano tiene una explicación histórica que seguramente estructura a su psiquis para entusiasmarse en esta causa perdida, tal como lo señalan todas las luces de los análisis políticos. 
Dinastía
Rodríguez Saá es un apellido de gobernadores. La saga comenzó allá en 1860 cuando comenzaba la Organización Nacional y fue Juan Saá el primer gobernador de San Luis pero al exiliarse en ese bravo tiempo casi fracticida delegó -en 1867- la primera magistratura en su hermano Felipe. Antes de concluir ese siglo, más precisamente en 1893, Teófilo Saá, un hijo de Juan, que era radical, tomó el poder destituyendo...¡a su primo! Jacinto Videla (abuelo del dictador Jorge Rafael)  En esas épocas, como en todas, la gente se enamoraba y se amaba y se casaba. Es lo que ocurrió con una prima de estos chicos. Feliciana Saá se puso de novia y se casó con Benigno Rodríguez Jurado que también…¡gobernó San Luis!...Lo hizo entre 1904 y 1907. Fruto de esta unión nacieron tres pimpollos: Adolfo-el venerado Pampa y a la postre el abuelo del dúo dinámico-Humberto y Ricardo; y a qué no saben lectores…¡fueron gobernadores los tres! Los parroquianos de aquella provincia cerca de la cordillera supieron de su mando estatal entre 1090 y 1938. Como dice la popular: tres al hilo.
Esta historia familiar animó el crecimiento de los hermanos Rodríguez Saá tal como lo conocemos todos y todas en este país. Tanto Adolfo como Alberto estudiaron abogacía y se hicieron peronistas, prosapia no les faltaba y en 1983 crearon y consolidaron un poder que solo lo pudo quebrar –como en un robo perfecto- una mujer. Gisella Vartalitis, de ella se trata, tiene no tan solo treinta años menos que el Adolfo sino que mostró una audacia durante 15 años de relación a prueba del odio del clan: hermano, hermana,hijos, nueras, yernos y sobrinos, incluidos. Se casaron y a esta altura del tiempo ya se separaron escandalosamente. Tuvieron un hijo con lo que lo une hasta patrimonialmente “for ever” con uno de los hombres de la diarquía que gobierna San Luis sin pausa ni prisa desde la restauración democrática. El Adolfo hasta salió del Whatsapp familiar, dejó de juntarse para Navidad, a la par que se hizo una boda fastuosa y una mansión más aún increíble. Todo con ella que al final de cuentas tenía algunas cuentas judiciales, previas al aterrizaje puntano. Obviamente el Adolfo buscó despegarse. Todo esto expuso a la Familia. El movimiento de millones en los placeres y en las inversiones de riqueza agrandó a los opositores y no hubo presupuesto que valga para sostener el relato de esta isla de fantasía en la que se convirtió San Luis. La líbido puso al descubierto el cómo se gobierna una provincia que todo parece pasar por la firma del doble apellido más famoso de la región. Un error imperdonable. Más aún cuando el Adolfo en nombre del amor quiso aupar a su entonces esposa como una candidata a la mismísima gobernación. Toda una herejía. De ahí al cisma mediaron unos pasos y las listas que lo enfrentaron se armaron en un suspiro. Claro que ahí pesó más la lapicera del estado que en esta ocasión la tuvo Alberto.
EL PLANETA DE ALBERTO
Alberto votó en contra de la ley del Punto Final, el Pacto de Olivos y siempre en postura rebelde fue el único goberna de los de hoy que no firmó la solicitada en la que se pedía “hacer un mayor esfuerzo y evitar la cesación de pagos de la deuda externa” porque simplemente no hay que reconocerla. 
        Alberto llegó al mundo del espectáculo, por ejemplo, antes que Urtubey y no necesitó celestinas para conocer actrices. Con solo el proyecto de hacer de San Luis la Hollywood Latinoamericana financió producciones que casi nunca vieron su estreno pero eso le alcanzó y bastó para conocer y posar enamorado de la mano en la farándula con Leonor Benedetto, primero, y luego con Ester Goris. O sea, todo amor es político.
        Su vínculo con la cultura no es reciente. En su currículum figura el título de abogado pero también el de profesor de Pintura Plástica y un magister en Historia del Arte, además de la especialización en Derecho Constitucional y Derecho Comunitario. Rodríguez Saá también hizo de actor y puede contar largas tertulias en su residencia del poder con la compañía teatral en la que filmaba sus propios desempeños y luego pedía una devolución crítica, que no era otra cosa que escuchar cuán progreso había tenido en las representaciones grabadas.
        Alberto también vivió en su propio planeta. Le puso de nombre Xilium que lo inspiró una pintura que pretendía concluir. Tanto le gustó que todo lo que hizo en ese tiempo se denominaba así. Un libro, un programa de radio y un centro cultural en la que daba clases su ex pareja Esther Goris se llamaron Xilium. 
        En su galaxia está presente la disidencia como un arma política. Se atajó en el Zoom partidario cuando en la propia narices de los operadores del primer operador político que llega a la presidencia, manifestó su aprecio al tocayo pero que él quiere internas porque “no pasará nada malo” y llamó proscriptivo al reglamento partidario. Igualmente sabe tanto como Mariotto y debiera conocerlo Sergio Berni, dos de sus secuaces, que desde su fundación y con el propio Perón mediante, las listas se acuerdan entre los distintos sectores y terminan consagrándose cuál unidad. Las postulaciones proclamadas sirven para negociar lugares. Solo hay que ver qué movimiento en el tablero piensa este sobrino, nieto, hijo y hermano de gobernador para aclamar al otro Alberto.

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